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diumenge, 1 de novembre de 2015

Danone: de Salónica a Barcelona



Cuando era pequeño, por lo menos en mi entorno más cercano, el substantivo danone se solía utilizar como genérico por yogur (trátase de una eponimia, un tipo de metonimia en virtud del cual un nombre propio –en este caso, una marca comercial— pasa a designar el genérico del producto en cuestión, igual que celo, papel albal, pan bimbo, támpax, nocilla…), de manera que mi madre, cuando habíamos terminado de cenar, solía preguntarnos a mí y a mis hermanos: “¿Queréis un danone?”, y mi abuela hacía un delicioso “pastel de danone”.

No recuerdo exactamente cuándo substituí danone por yogur en mi vocabulario personal, pero intuyo que lo hice en algún momento del tránsito de la niñez a la adolescencia. Sea como fuere, tengo la impresión de que el uso eponímico de esta marca comercial ha desaparecido del mapa ya casi por completo (salvo en la locución cuerpo danone, como bien ha resaltado la traductora Scheherezade Surià).

El caso es que leyendo el espléndido libro El olivo que no ardió en Salónica, de Manuel Mira (La esfera de los libros, 2015), me he llevado la gratísima sorpresa de descubrir que el yogur Danone nació en 1919 ni más ni menos que en Barcelona, concretamente en el carrer dels Àngels del barrio del Raval de la capital catalana, obra del judío sefardí salonicense Isaac Carasso Nehama, que huyendo, primero, de la Primera Guerra Balcánica (1912-1913) y de los convulsos y peligrosos días que entonces se vivían en su ciudad natal (la Salonik sefardí y otomana, la Tesalónica griega), y, más tarde, de la Primera Guerra Mundial, en diciembre del 1916 decidió instalarse con su familia en la que siempre había considerado su patria emocional, Sefarad.

Cuenta el magnífico libro de Manuel Mira que, estando en Barcelona, cuando Isaac Carasso acudió a registrar legalmente su producto había decidido que su nombre fuera Danón, pues así era como toda la familia llamaba a su hijo Daniel, con este cariñoso diminutivo. Sin embargo, el funcionario de turno se negó a registrar tal nombre aludiendo a que no era de recibo bautizar un producto con un nombre propio de persona (“un nombre familiar”), obstáculo que Isaac Carasso resolvió allí mismo optando por disimular el antropónimo de su hijo añadiéndole una e al final.

Narrativamente, el libro de Mira combina dos planos temporales: el presente, en que un moribundo Daniel Carasso Muzafia (falleció en París en el 2009, con 103 años de edad), postrado en la cama, recuerda –entre delirios— episodios de su agitada vida, y el pasado, que arranca precisamente con el nacimiento del pequeño Danón (1905) como primogénito del matrimonio de judíos sefardíes de Salónica formado por Isaac y Esther (Esterina).

Durante los primeros años de vida de Daniel, el protagonismo de la historia corresponde a Isaac, un emprendedor, culto y políglota comerciante sefardí salonicense que sueña con un día poder comercializar el jaurt búlgaro (“leche ácida de fácil digestión”) que descubre en el mercado de su ciudad gracias al pastor Vanyo, con quien entabla una entrañable amistad y quien le enseña el secreto de su elaboración en una visita a su lejana Tran.

En esta primera parte del libro, Manuel Mira, con evidente habilidad narrativa, nos ilustra sobre la vida de los Carasso en una Salónica aún perteneciente al ya decadente Imperio Otomano, entonces dominada demográfica, social y culturalmente por la próspera comunidad de judíos sefardíes (en 1913 tenía 61.439 miembros, de un total de 157.889 salonicenses, o sea, casi el 40 % de la población de la ciudad), cuya lengua, el ladino o judeoespañol, se ha convertido prácticamente en lingua franca de la ciudad macedónica.

Y digo habilidad porque Mira consigue dar vida en la imaginación del lector a muchos de los escenarios salonicenses en los que se desarrolla la narración: la calle Ancha donde está la casa familiar, con el olivo plantado en el jardín que da título a la obra; la librería Molho, donde tiene lugar una culta tertulia sefardí; la plaza de la Libertad, donde en 1908 se canta la “Marsellesa salonicense” (1), en judeoespañol (obra del sefardí Alberto Taragano, cuyo apellido indica un probable origen familiar tarraconense) al estallar la revolución de los Jóvenes Turcos, y también donde los judíos serán humillados públicamente por los nazis el 11 de julio del 1942; las callejas del barrio judío, donde la chiquillería juega, en ladino, a los cuescos y a la fuyca; las sinagogas, a las que acuden los diversos kal de la ciudad, entre los que están el aragonés y el catalán; el golfo Termaico (“Salónica, la perla del Egeo”, por todos codiciada)…   

Son estos primeros años del siglo XX momentos convulsos para la ciudad y la comunidad sefardí, que vive con entusiasmo –pero también inquietud— el acceso al poder del nacionalista partido de los Jóvenes Turcos (uno de cuyos cabecillas, Emanuel Karasu, fundador de la primera logia masónica de Macedonia, es tío de Isaac) y los movimientos de los países vecinos por conquistar la apetecida Salónica, entonces aún en poder de un Imperio Otomano en descomposición. Son años en que se especula, incluso, con la posibilidad de que la Jerusalén sefardí o de los Balcanes (la segunda ciudad en importancia de todo el imperio con presencia sefardí, después de la capital, Constantinopla –hoy, Estambul—) se convierta en una especie de ciudad-estado independiente con la aprobación y bajo la protección de las grandes potencias europeas, una especie de “ciudad de los judíos” (vislumbrando, en cierto modo, la creación, en 1948, del Estado de Israel, patria de todos los judíos del mundo).

La mayoría de rutas de la diáspora judía de 1492 confluían en Salónica (Wikipedia).
 
Sin embargo, estos anhelos de tantos sefardíes de Salónica no llegaron a fructificar nunca y la ciudad fue tomada, en octubre del 1912, por los griegos e integrada a un estado cuyo máximo dirigente, Venizelos, aplicó en la ciudad desde el principio una política ferozmente antisemita cuyo fin era rehelenizarla diluyendo la fuerte presencia sefardí.

Este es precisamente el momento, tras los dos años de la Primera Guerra Balcánica, en que Isaac Carasso (que asiste todos los días a la tertulia cultural y política que varios sefardíes influyentes de la ciudad mantienen en la librería Molho, de Benjamín Molho –del kal de Cataluña—, donde tienen acceso a la prensa internacional) decide abandonar Salónica con su mujer Esterina y sus hijos Daniel, Flor y Juana e instalarse en Lausana (Suiza), donde empezará a comercializar su yogur búlgaro. Será entonces cuando Isaac recuerde las palabras de su padre: “Nosotros, los sefardíes, estamos condenados a huir”.

Ha sido también en estos momentos convulsos del relato cuando hemos conocido la figura del diplomático catalán (de Reus) Antonio Suqué, cónsul español en Salónica, que entabla amistad con Isaac Carasso y trata de ayudar a los sefardíes, anticipando, en cierto modo, el decreto del 20 de noviembre del 1924 de Miguel Primo de Rivera de concesión de la nacionalidad española a los sefardíes protegidos.

Posteriormente, en 1916, los Carasso se trasladarán a Barcelona, donde el pater familias registrará su yogur en una ciudad que por aquel entonces era una de las más avanzadas y abiertas de Europa y empezará a venderlo en las farmacias como producto apropiado para las molestias estomacales.  En la ciudad condal, sin embargo, fallecerá Esterina, en 1917, un año trágico para Isaac Carasso, puesto que es también entonces cuando se declara el incendio de Salónica, que devasta casi por completo el barrio judío (diez mil familias quedarán sin vivienda) y  cuya consecuencia es que la ciudad pierde su especifidad judía (Esther Benbassa y Aron Rodrigue: Historia de los judíos sefardíes. De Toledo a Salónica). En otras palabras, es el primer golpe mortal al alma sefardí de Salónica (el segundo, definitivo, lo propinarán el Holocausto y la emigración posterior a la Segunda Guerra Mundial). No obstante, en medio de tal tragedia, de Salónica le llega a Isaac la noticia de que, aunque la casa de la calle Ancha ha sido pasto de las llamas, soprendentemente el olivo alrededor del cual daba vueltas Estrella, la matriarca, ha sobrevivido de manera heroica, como metáfora de la resistencia de la familia.

Con el tiempo, el joven Daniel, con una visión comercial más moderna que la de su padre, decide trasladarse a Francia, donde la marca Danone conocerá su gran éxito mundial, que la llevará a expandirse a los mismísimos Estados Unidos, bajo el nombre comercial de Dannon. Por otro lado, el estallido de la Guerra Civil española provocará que Isaac Carasso y parte de su familia se instalen en Francia, donde el patriarca del clan fallece en 1939.

Más adelante, sin embargo, la fatalidad vuelve a aparecer en la vida de esta familia sefardí (“Somos un pueblo que venimos de la oscuridad y regresaremos a la oscuridad”, exclama en un momento de la historia Abrabanel, sefardí napolitano), de manera que en 1941, en plena invasión nazi de Francia, Daniel Carasso y su esposa Nina deciden huir a Estados Unidos. En cambio, su hermana Flor y el marido de esta, Jacques Levi, deciden permanecer en el país y son detenidos en junio del 1942 en la tristemente famosa redada del Velódromo de Invierno de París. Tras conseguir sobornarlo, un funcionario francés permite que los hijos del matrimonio, Henri (Enrique) y Jean (Juanito), sean recogidos por su profesora de música, quien, con la inestimable ayuda de Bernardo Rolland de Miota (2), cónsul español en París (Justo entre las Naciones), logrará mandarlos sanos y salvos a Barcelona. No es el caso de sus padres: Flor muere gaseada en Auschwitz, mientras que Jacques sobrevive al infierno de Bergen-Belsen. Una vez liberado, lo mandan a Moscú, donde responderá a Clementine Hozier, mujer de Churchill, que le pregunta de dónde es: “Soy francés, señora. Tengo pasaporte griego. Mi corazón es español. Soy judío sefardí. Mis abuelos se asentaron en Salónica, cuando era turca. Es una larga historia como ve…”. En cuanto a Daniel, toda la vida le acompañará el remordimiento de no haber hecho lo suficiente por salvar a su hermana del alma: “Hay maletas llenas de miedo y maletas llenas de dolor. Han sido mi equipaje en la vida”.
Daniel Carasso, en 2009, poco antes de morir (foto: Jacky Naegelen/Reuters).

¿Y el olivo? Volvamos a Salónica. En 1940 se cuentan unos 56 mil judíos en la ciudad. El 9 de abril del 1941 los nazis entran en la Jerusalén sefardí, mientras que el 11 de julio del año siguiente en la plaza de la Libertad tienen lugar los lamentables hechos ya narrados. También en ese momento se lleva a cabo la nefanda destrucción del cementerio judío, en cuyo lugar se alza hoy día la Universidad de Salónica.

Pero lo peor estaba por llegar: en 1943 comienzan las deportaciones, y el 15 de marzo parte de Salónica el primer tren con destino a Auschwitz-Birkenau, donde 37.386 personas mueren gaseadas y, en los meses siguientes, casi la totalidad de presos judíos salonicenses. A finales de agosto de 1943, Salónica es ya casi una ciudad judenrein. En 1945 solo quedan vivos 1.950 judíos: ha perecido el 96 % de la comunidad judeoespañola: más de 450 años de vida sefardí se pierden para siempre. Parece ser que el olivo de la calle Ancha, que sobrevivió al devastador incendio de 1917, no ha resistido esta vez: “¡Pobre Salónica, qué ha sido de ella!”.

Notas
(1) “Alegradvos, mis hermanos, / que el día grande ya arribó; / apretemos nuestras manos / con querencia y amor”.

(2) La lectura del libro coincidió con los últimos días la magnífica exposición “Barcelona, refugi de jueus” en el Museu d’Història de Catalunya (octubre del 2015), donde descubrimos la figura de este diplomático español que tantas vidas de judíos salvó, yendo en contra del embajador de España en París, el germanófilo José Félix de Lequerica. 

dimecres, 19 d’agost de 2015

Els julians i Fertilia (l'Alguer)


 
Sota el gentilici de julians es coneix els habitants italianoparlants d’Ístria, Fiume (actualment, Rijeka) i Dalmàcia quan aquestes regions (banyades pel Mar Adriàtic), avui dia pertanyents a Croàcia, formaven part d’Itàlia (entre el 1918 i el 1947). El gentilici ve del fet que aquests territoris van pertànyer en el seu moment a la República de Venècia, la Serenissima, per la qual cosa la regió sol ser anomenada Venècia-Júlia (Venezia-Giulia, en italià) i els seus habitants parlaven una varietat lingüística de base vèneta.

De fet, els territoris compresos dins la Venècia-Júlia havien estat també sota domini de l’Imperi Austrohongarès, però després de la Primera Guerra Mundial van ser integrats a Itàlia. Posteriorment, el 1945, quan es va acabar la Segona Guerra Mundial, les tropes de la Iugoslàvia de Tito van ocupar tota la Venècia Júlia i van començar els moviments per eslavitzar la regió, la qual cosa va comportar la persecució de la població italiana –es pot parlar d’autèntica neteja ètnica, tal com mosta clarament el nefand episodi de les foibe (avencs on eren colgats, a vegades vius, els nens, les dones i els homes italians assassinats pels partisans del Partit Comunista de Iugoslàvia). Finalment, el 10 de febrer del 1947 es va signar el Tractat de París, que va comportar la integració a Iugoslàvia d’aquests territoris i la culminació de l’èxode d’uns 350.000 julians que van ser expulsats de casa seva.

Alguns d’aquests refugiats es van quedar a Trieste (que va romandre italiana) i d’altres van anar optar per emigrar a Amèrica o establir-se a la Península Itàlica, però un gruix important van decidir començar una nova vida a Fertilia, un poble a mig construir pertanyent al municipi de l’Alguer i situat a 6 km al nord de la Barceloneta de Sardenya.

Com es diu a Itàlia, Fertilia és una città di fondazione. Efectivament, la ciutat es va erigir literalment de zero després de les feines de sanejament dels terrenys pantanosos de la Nurra (regió del nord-oest de Sardenya) impulsades per Benito Mussolini, i va ser inaugurada el 8 de març del 1936. En un primer moment, va ser poblada per immigrants procedents de Ferrara, regió del nord d’Itàlia que llavors patia un excés de població, a banda que es tractava de pagesos, ideals per conrear aquella terra que de pantanosa havia esdevingut fèrtil. La Segona Guerra Mundial, però, va aturar la construcció de Fertilia, que només es va reprendre a partir del 1947 amb l’arribada dels exiliats julians.

De tot plegat en parla el llibre Nosaltres, els julians. L’herència d’un èxode oblidat del segle XX, d’Antonia Cervai (La Roca del Vallès, Viena, 2013) (hi ha edició italiana, Noi, i giulani, amb traducció de Fulvia Cervai, germana de l’autora, publicada per Nemapress, que es presenta el 20 d’agost a Fertilia). L’autora, malauradament traspassada poc després de la publicació del llibre, és una juliana que va arribar el 1948, amb cinc anys, a Fertilia –amb els seus pares i la seva germana—, que després se’n va anar a estudiar filologia a Pisa i que, gràcies a una beca, va ampliar estudis a Catalunya, on va conèixer el que seria el seu futur marit i s’hi va quedar a viure.

                                     Península d'Ístria i Fiume (Rijeka). Els topònims són en croat.

L’obra, que va resultar guanyadora del Premi Romà Planas i Miró de Memòries Populars, narra l’epopeia dels exiliats julians a través de la història de la seva família, que procedia d’Orsera (Ístria). El llibre, escrit amb un estil àgil i amè que destil·la molta tendresa, intenta explicar el paradoxal sentiment de desarrelament i, alhora, de pertinença a més d’un lloc viscut per unes persones que, després d’haver estat expulsades de casa seva, van haver de refer la seva vida en una ciutat literalment a mig acabar, en una mena de ‘ciutat fantasma’.

Un dels aspectes més interessants de l’obra és la descripció de la relació dels julians, nous habitants de Fertilia  --per als quals el manteniment del dialecte vènet esdevé un signe fonamental d’identitat grupal— amb els seus convilatans de l’Alguer –sards que parlen una varietat del català—: així, després d’un període inicial de recel mutu, les relacions es normalitzen, com ho demostra l’alt nombre de matrimonis mixtos.

D’altra banda, cal tenir en compte que Itàlia no va reconèixer institucionalment fins al 2004 la tragèdia dels exiliats julians. Des d’aleshores, cada 10 de febrer es commemora el Giorno del ricordo della tragedia delle foibe e dell’esodo da Istria, Fiume e Dalmazia.
 

De Dalmàcia a Fertilia
Giuseppe, Peppo, Manni és un advocat nat a Fertilia que treballa a l’Alguer que vaig conèixer fa uns anys perquè és el president de l’Associació dels Amics de Tarragona de l’Alguer. El Peppo va néixer a Fertilia poc després que els seus pares hi arribessin, el 1948, procedents de la ciutat de Zara (Zadar, en croat), a la Dalmàcia aleshores pertanyent a Itàlia, de la qual van haver de fugir després que el 10 de febrer del 1947, en virtut del Tractat de París, aquesta regió s’integrés a la Iugoslàvia de Tito.

El cas és que, després de llegir el llibre d’Antonia Cervai sobre l’epopeia dels refugiats julians, el cap de setmana de l’11 i 12 de juliol vaig decidir visitar Fertilia –on, ho confesso, només hi havia estat una sola vegada de totes les que he anat a l’Alguer— de la mà del Peppo, a qui vaig demanar que em fes de cicerone.

La història del Peppo és fascinant. El seu cognom, Manni (que salta a la vista que no és sard), no és el seu originari: en realitat era Handel, alemany: el seu tresavi era nat a Txèquia quan aquest territori pertanyia a l’antic Imperi Austrohongarès i, posteriorment, el seu besavi es va instal·lar a Zara, on la família, pressionada per les polítiques nacionalistes, es va veure obligada a italianitzar el seu cognom. Així, com que Hand significa ‘mà’ en alemany (mano en italià), es va optar per la forma Manni.

                                    La Dalmàcia italiana, dins la Venècia Júlia (foto: gelbock).
Arribat a Fertilia de seguida comprovo un fet que es destaca en el llibre d’Antonia Cervai: la majoria dels noms dels carrers responen a topònims julians: així, hi ha la Via Pola , la Via Orsera (ciutat natal de Cervai), la Piazza Venezia Giulia, la Via Fiume, la Via Trieste, el Lungomare Rovigno... Hem quedat a la plaça Venezia Giulia, centre neuràlgic de la població, on hi ha l’església del Sagrat Cor i de Sant Marc (patró de Fertilia i emblema de la República de Venècia), l’edifici més important del poble. El Peppo em va explicant la història d’aquesta città di fondazione a través dels seus edificis, i ho fa en italià, malgrat que em confessa que ell pensa “in dialetto”. En efecte, el Peppo pertany a aquella primera generació dels fills dels refugiats julians a qui els pares van parlar en la varietat juliana del dialecte vènet (de fet, el Peppo em fa veure que un cop a Fertilia es va produir un cert anivellament entre totes les varietats, diferents, que parlaven els refugiats procedents d’Ístria, Fiume i Dalmàcia). En tot cas, durant molts de temps, “el nostre estimat dialecte” (com el qualifica Antonia Cervai) va operar com un mecanisme fonamental de cohesió interna i identitat de grup. (Per cert, un altre dels edificis emblemàtics de Fertilia és el de l’escola. El Peppo m’explica que el nom originari era Scuola elementare Rosa Maltoni, és a dir, que estava dedicada a la mare de Mussolini, atès que il Duce va ser l’ideòleg de la nova ciutat, i em fa veure com a la façana s’hi han conservat unes restes arquitectòniques del que haurien estat uns fasci.)

Però el Peppo també sap parlar l’alguerès, almenys més del que ell diu que en sap. M’explica que la seva sogra (la família de sa muller és algueresa de soca-rel) sempre li ha parlat en aquesta llengua, “fins i tot per telèfon!”, i jo mateix ho comprovo quan, després d’haver sopat una magnífica fregola amb navalles, cloïsses i gambes en un restaurant propietat d’una cosina seva (amb qui ha parlat en dialecte), saluda en alguerès un senyor que pren la fresca de la nit a la plaça de San Marco. Li pregunto pels matrimonis mixtos, com el seu. M’explica que, al començament, els nois algueresos no podien veure els joves julians perquè deien que els prenien les minyones, que no estaven acostumades a festejar amb xicots rossos i d’ulls blaus. I a l’inrevés passava el mateix. Però fruit de les famílies mixtes, molts algueresos se’n van anar a viure a la tranquil·la Fertilia.

El Peppo, que també és el president de la secció provincial de l’associació nacional dels refugiats julians, m’explica que cada any fan un viatge a Zara per visitar el cementiri i honorar els seus morts. L’actual Zadar poc té a veure amb aquella ciutat de la Dalmàcia italiana: al final de la Segona Guerra Mundial, Tito va demanar als aliats que la bombardegessin intensament: la ciutat va patir 72 atacs aeris (per això és coneguda com “la Dresde italiana”) que van arrasar literalment la ciutat i la van “desitalianitzar” (verdader objectiu del general iugoslau).

¿I els pares del Peppo?: ¿van arribar a ser feliços a Fertilia? Per força es devien enyorar de la seva estimada ciutat natal, de la qual van ser fets fora. El Peppo em diu que sí, que els seus pares van estar contents quan van arribar a Fertilia perquè el seu nou poble tenia mar i els recordava el seu lloc d’origen. És quasi el mateix que m’explica el meu amic alguerès Paolo que una vegada li va contar una companya d’escola que és filla de julians: quan els seus pares van arribar a Fertilia, tristos i esgotats pel viatge, la città di fondazione els va rebre a les fosques amb una tempesta hostil. Aquella nit els van allotjar a l’església i tots es van adormir desmoralitzats. A l’endemà, però, el sol lluïa amb força i van sortir a inspeccionar la seva nova ciutat. I llavors van descobrir que estaven al costat del mar, d’aquest preciós mar del Golf de l’Alguer. I se’ls va il·luminar la mirada.
                                      L'església de Sant Marc de Fertilia (foto: Viquipèdia).


La Via Pola de Fertilia, la més important de la població. Al fons, la columna amb el lleó de sant Marc i el Golf de l'Alguer.
Notes
1. L'antepenúltima fotografia correspon a la inscripció a la columna que hi ha a la plaça de Sant Marc de Venècia, al capdamunt de la qual hi ha una escultura del lleó de sant Marc, emblema de Venècia.
2. La novel·la Després vénen els anys (Llibres de la Drassana, 2015), de la valenciana Maria Folch (que encara no he pogut llegir), tracta d'aquest episodi.
 

dijous, 28 de maig de 2015

La meva edició de 'Lo tres de nou', vista per Biel Senabre


D'esquerra a dreta: Biel Senabre, Xavier Brotons i Joan Beumala (foto: Miquel Cartró).
 
L'amic, casteller, filòleg, periodista i vilafranquí Biel Senabre Via va fer, el 26 de febrer passat, a Vilafranca del Penedès, aquest esplèndid comentari de la meva edició de Lo tres de nou. Quadret de costums de Valls, de Raimon Casas Pedrerol (Cossetània Edicions, Valls, 2014), en la presentació que va tenir lloc a la societat L'Agrícol i en què també va intervenir l'amic, periodista i vilafranquí Joan Beumala. Amb força retard el publico avui en aquest espai perquè el pugueu llegir.
 
Moltíssimes gràcies, Biel!
 
 "Quan el Xavier em va oferir la possibilitat de col·laborar en la presentació a Vilafranca de l’edició de Lo tres de nou. Quadret de costums de Valls, no em va costar gens acceptar la proposta i li vaig dir que sí de seguida (ell us ho pot confirmar). Ho vaig fer bàsicament per dos motius:
 
1)  Perquè em sento honorat de participar en la presentació del llibre a Vilafranca. I per fer-ho compartint “plaça” amb el Joan Beumala, amb qui tinc amistat de fa anys i de qui reconec la destacable aportació que ha fet en el tractament periodístic dels castells, utilitzant un llenguatge dinàmic i actual i mantenint sempre el seu to personal inconfusible.
 
Vilafranca havia d’acollir la presentació de Lo tres de nou perquè Vilafranca ha de ser sensible a tot allò que difon el fet casteller, i sobretot si es tracta, com és el cas, d’una aportació feta amb rigor i qualitat. Així és fidel a la seva llarga història com a “plaça oberta”, com ho demostra la mateixa publicació que avui ens ocupa: fixeu-vos, si no, que tot i que parlem d’un “quadret de costums de Valls”, situat en un ambient 100% vallenc (les festes de la Candelera, noms que ens remeten a les colles vallenques...), la portada que s’ha escollit per al llibre mostra un tres de nou... a Vilafranca. Sigui fet expressament o sigui una coincidència, val la pena remarcar-ho i, com a vilafranquins, mostrar-ne satisfacció.
 
2)   I sobretot li vaig dir que sí per l’amistat que mantenim el Xavier i jo des de fa més de vint anys. Una amistat que, entre d’altres fonaments, es basa en el fet de compartir dos grans no sé si dir-ne “interessos”, “dedicacions”, “aficions” o “passions”: la filologia, en general, i la catalana, en particular, i els castells.

Pel que fa a la filologia, us apunto que el Xavier és llicenciat en filologia clàssica a la UB i té un màster en Estudis Superiors de Llengua, Literatura i Cultura Catalanes per la URV. Així doncs, com que jo també tinc la llicenciatura de filologia, compartim aquesta disciplina com a interès, com a dedicació i fins i tot com a professió pel fet que tant ell com jo ens hi guanyem les garrofes, amb “això del català”. Per aquest cantó, tard o d’hora havíem de coincidir gairebé per força perquè, per acabar-ho de propiciar, treballem en la mateixa empresa!
 
Pel que fa als castells, he de dir que ens uneixen molts lligams: 1) Tots dos som castellers de camisa (ell, la groc terrosa i jo, la verda), i en això potser tinc una mica  més de “batalla” jo; 2) Tant ell com jo ens hem dedicat a escriure cròniques castelleres, però aquí sí que ell presenta un currículum molts més brillant: Diari de Barcelona, l’Avui durant 5 anys, Canal Blau TV, Ona Valls Ràdio, Diari de Tarragona, Catalunya Informació al “Tres rondes”..., davant les meves migrades cròniques de finals dels 80 i començaments dels 90 i els escrits que de tant en tant  publico a El 3 de Vuit. I ja no us dic res de la selecta bibliografia castellera que presenta: Castells i castellers. Guia completa del món casteller (1995), Diccionari casteller (2001), Castellers. Història tècnica i present i Les meravelles del món casteller, junt amb el Joan Beumala, i Retrats castellers, junt amb altres autors. Actualment és director de la col·lecció L’Aixecador d’Edicions Cossetània; i 3) Durant aquests anys de coneixença hem compartit moltíssimes tertúlies més o menys formals al voltant dels castells. Gairebé és impossible que ens trobem tots dos sigui on sigui i no en parlem. Us asseguro que xerrar de castells amb el Xavier equival a passar una estona ben amena (gràcies a l’esmolada ironia i a l’humor mig valencià, mig vilanoví, mig tarragoní que destil·la tot sovint) i a accedir a un punt de vista interessant sobre la qüestió. Jo crec que aquesta sintonia, en el fons, es basa en el fet que coincidim en una manera d’entendre’ls, els castells, que no és reduccionista i que té en compte la riquesa de matisos que inclouen, cosa que fa que siguin tan peculiars i atractius.
 
Perquè constateu els dots que té com a coneixedor del tema, i fins i tot com a vident,  us recito el final d’un divertit poema que em va dedicar sobre la torre de nou i els Castellers de Vilafranca, el desembre de 1994. Fixeu-vos-hi: finals de 1994. No sé quants intents de torre de nou sense èxit dels verds; els Minyons, la Joves i la Vella ja l’havien fet (la Vella, descarregat i tot) i ell acaba el poema amb aquests versos: 

“Vaja no desesperis,

que si avui no hi ha manera

l’any que ve, pel Sant Patró,

la veurà la ‘més castellera’”.
 

I tant, que la vam veure...

 
Lo tres de nou des del punt de vista lingüístic

Us acabo de dir que al Xavier i a mi ens uneixen dues “passions”: la filologia i els castells. I precisament aquesta coincidència em servirà per estructurar les idees que vull exposar sobre l’edició de l’obra de Raimon Casas Pedrerol Lo tres de nou. Quadret de costums de Valls: de primer, em referiré a aspectes lingüístics i, en segon lloc, al missatge relacionat amb els castells que inclou el quadret i l’estudi que n’ha fet el Xavier.
 
Des d’un punt de vista filològic, doncs, penso que l’edició, les notes i l’estudi de Lo tres de nou té un gran interès, que es fonamenta en l’encertada transcripció que s’ha fet d’un text escrit a començament del segle XX però que han de llegir lectors de començament del segle XXI. No cal dir que, en 100 anys, la llengua ha canviat i això provoca que l’editor s’hagi de plantejar la manera com ha de presentar al públic actual una obra prefabriana (abans, doncs, de la fixació de les normes que a hores d’ara regulen el català formal) i, a la vegada, aconseguir que el resultat sigui versemblant.
 
Com en tota obra científica, convé marcar un criteri raonat i seguir-lo durant tot el text. Això és just el que fa el Xavier i aprofita les primeres pàgines del llibre per exposar-nos aquest criteri: opta per adaptar a la normativa vigent només els aspectes purament ortogràfics, i manté les formes morfològiques, lèxiques i sintàctiques tal com van ser escrites originàriament. D’aquesta manera, s’aconsegueix un text adequat a l’ortografia que coneixem (que no ens fa mal als ulls, cosa que en facilita la lectura i reforça l’aspecte divulgatiu que pretén tenir l’edició), i es manté la “frescor” i la “vitalitat” de la llengua primigènia, es respecta la prosòdia i la mètrica original i es conserven unes formes lingüístiques fidels a la zona geogràfica i a l’època en què transcorre l’obra. En tota l’obra, trobem múltiples exemples. En destaco un parell:
 
Pep:
Ja me’n vaig; mes, xica..., creu-me;
enseja’t a pensar amb mi.
 
 
Isidro:
¡Què sabeu, valtres!
És casteller de la mena
d’aquells que no en queden gaires.
 

Lectura dramatitzada a càrrec de Taller d'Assaig Teatre (foto: Miquel Cartró).


Lo tres de nou des del punt de vista dels castells

I si, des del punt de vista filològic, la feina que ha fet el Xavier és molt interessant, gosaria afegir que, respecte al “missatge casteller” que ens transmet Lo tres de nou, el detallat estudi que ens presenta manté o fins i tot supera aquest interès.
 
Com que suposo que ell ens explicarà amb més coneixement que jo les vicissituds i els detalls de l’estudi, em limitaré a presentar-vos dos elements d’anàlisi que em semblen atractius, escollits entre molts d’altres que trobem a l’obra de Raimon Casas:
 
1)  D’una banda, em sembla que és interessant veure l’obra com un reflex d’un moment concret de la història dels castells i de la implicació que tenien en la societat de l’època, cosa que fa amb destacada precisió el Xavier. 2) De l’altra, crec que també és atractiu observar la peça teatral des dels nostres dies, mirar-la amb ulls actuals, jugant amb l’avantatge de saber com han evolucionat els castells en aquests cent anys i escaig.
 
Per situar l’obra en l’època, el Xavier ens presenta una ressenya biogràfica del seu autor: Raimon Casas Pedrerol, un personatge plenament vinculat al seu temps. L’acurat estudi de la figura de Casas se centra en les seves tres principals facetes: 1) com a mestre, convençut que la instrucció és l’eina més vàlida per superar el retard, la ignorància, la superstició i l’analfabetisme que detectava en la societat que li va tocar viure (“nación sin ideales, nación de neutros, es rebaño siempre dispuesto a seguir al primer rabadán que sabe halagar sus pasiones”, en diu).; 2) com a polític activista, d’idees republicanes, víctima de la severitat amb què s’entenia la política al seu temps, defensor acèrrim dels ideals republicans de l’època: el progrés, la igualtat, la raó, el treball, la cultura, la universalitat...; 3)  i com a escriptor, tant de poesia com de teatre.
 
Per completar la visió de l’ambient social en què se situa l’obra de Casas Pedrerol, se’ns presenta el debat sobre la tradició popular: és conservadora en essència o bé es pot reivindicar des de posicions progressistes. A cavall del segle XIX i XX, el partidaris del progrés, en què se situava clarament Casas, criticaven la tradició popular catalana heretada, ens diu Brotons, de la creació mítica dels folkloristes de la Renaixença, un model d’identitat ètnica, basat en la idealització del món rural i en una organització pairal idíl·lica i connatural del que anomenen “l’ànima catalana”. A parer del corrent progressista, aquests costums i tradicions, que obeïen als interessos dels sectors conservadors hegemònics, impedien el progrés i la consecució d’una societat més culta, justa, igualitària i lliure.
 
És en aquest context on cal situar la visió que Casas Pedrerol dóna dels castells, com a símbol de la tradició conservadora. Al tombant de segle, els castells es troben en plena decadència, tant pel que fa a les construccions que es podien veure com al prestigi (o desprestigi) que tenien en sectors de la societat catalana. Tot plegat ens ajuda a entendre el que el Xavier en diu “el missatge amablement anticasteller”, ja que ens adverteix que: “Més que contrari als castells en si, (Casas) és contrari als valors conservadors que se’ls atribueix”.
 
A l’obra, aquests valors els personifiquen l’Isidro (pagès acomodat) i el Pep de Toni. Així, l’Isidro defensa aferrissadament la manera com ell entén els castells: com a tradició familiar sagrada; com a qüestió d’honor (honor lligat a la competència amb l’altra colla, com no podia ser altrament a Valls); com a orgull de la terra catalana;   com a motiu de prestigi social... Al cantó oposat la Maria (filla d l’Isidro) i sobretot el Joan (fadrí teixidor) defensen un discurs contrari: creuen en el progrés i el treball com a elements redemptors i veuen els castells com una demostració absurda de força bruta, símbol d’un passat que la “gent nova” superarà. Enmig de tots plegats, apareix la figura del Cesc, personatge secundari si voleu (se’l defineix com un camàlic o matalot), però que a mi em resulta atractiu perquè, a banda de mostrar bones dosis d’ironia en els seus comentaris, acaba tenint un paper important en el desenllaç de la trama, tot i el segon pla en què es mou (i aquesta coincidència, la trobem força sovint, en els castells). Hi ha un breu diàleg entre l’Isidro i el Cesc que exemplifica el que acabo d’explicar: 

Isidro
És que tinc orgull de ser-ho (casteller)
perquè el meu pare ja ho era,
i l’avi...
 
Cesc
¡Just! I el besavi,
i tota la parentela,
i tu vas néixer a la punta
d’un castell fent figueretes.
 
 

Malgrat tot, Casas manté una simpatia pels castells com a costums que identifiquen els vallencs, tot i que ell sembla convençut que tenen els dies comptats.

 



Lo tres de nou vist des d’avui

Què en traiem, de Lo tres de nou, si hi fem una mirada des del present? Segons el meu parer, hi ha dues idees interessants (que probablement no són les úniques).
 
D’una banda, no descobreixo res de nou si dic que actualment els castells han superat el període de decadència del començament del segle XX i els mals presagis que predeia Raimon Casas. Tal com diu el Xavier al final del llibre, ara tenen una “salut de ferro”, tant per la qualitat de les construccions que es veuen a les places com per la quantitat de colles i castellers en actiu. Però, llegint l’obra de Casas el 2015, ens adonem que el que els castells també han obtingut és el reconeixement social (i sense això potser no hauríem tingut allò, i no hauríem arribat a veure els castells que hem vist). Han sabut identificar-se amb els valors socials més apreciats en la societat contemporània i se’ls han apropiat, demostrant així que és possible fer-ne una lectura progressista (no dic pas que tothom la faci i la practiqui, com explicaré després). Fixem-nos, si no, en alguns dels valors que defensen els personatges que són contraris als castells: treball, instrucció, cultura, universalisme... Qui pot negar que, en bona mesura, els castells no se’ls han fets seus en els nostres dies?
 
Per això, quan el mateix Xavier es pregunta si les colles que han representat el quadret de costums s’han deixat portar només per la trama castellera de l’obra i no s’han fixat en el missatge contrari als castells que, en realitat, difon, m’aventuro a pensar que potser és precisament perquè veuen totalment superada aquesta visió negativa dels castells, que l’han portat als escenaris amb despreocupació.
 
L’altra constatació que exposo em ballava pel cap mentre llegia Lo tres de nou i l’estudi del Xavier. Em refereixo a la visió “sagrada”, “mítica” (en el sentit de ser excessivament transcendental) que en l’obra es critica amb referència a la manera com alguns personatges es prenen els castells. Em preguntava si aquesta visió no la podem detectar també avui en dia en actituds que provoquen que els grans valors que associem als castells esdevinguin paraules buides. Mentre hi donava tombs, vaig llegir un article que Josep Lluís Eras havia publicat a El Portal Nou, precisament arran de l’edició de l’obra que ens ocupa. Eras es fa una pregunta que va en la mateixa direcció: “Lo tres de nou és una crítica al fet casteller o sols una denúncia de Casas a qui converteix una passió en una fe obscura”... “M’inclino a pensar –diu posteriorment- que Raimon Casas no arremet contra els castells sinó contra un determinat perfil de casteller incapaç de tenir altre compromís social que amb la colla ni altres valors vitals que s’hi allunyin. Allò que avui en diríem el ‘futbolero’”... “la tradició no és tan negativa com la manera de viure-la”.
 
En aquest sentit, Antoni Puigverd, referint-se a les pàtries i a les nacions (jo hi sumaria les colles, com a grup humà que també són), ha escrit que n’existeix una visió idealista, “en què els ciutadans (i els castellers, afegeixo jo) són, en realitat, creients que s’apleguen en un temple”. És la pràctica que exigeix adhesió, i no pas “aportació, trena, síntesi, construcció”.
 
Potser són cabòries d’uns quants, entre els quals em compto, però crec que és interessant deixar-ho sobre la taula com una idea més, propiciada per la lectura de Lo tres de nou.
 
(Per cert, lligant tot això amb el fet de trobar contactes entre les actituds d’abans i les d’ara, és probable que, davant  d’aquestes “cabòries”, més d’un casteller actual deixés anar la mateixa afirmació categòrica que l’Isidro li engalta al Joan quan aquest li exposa els seus ideals:
 
Tu estàs per filosofies

i jo estic pel positiu.

Cada u per on ho enfila

i hasta em sembla que saps massa

de lletra, i molt poc de viure.)

 
Sigui com sigui, m’agradaria acabar la intervenció d’una manera positiva remetent-me a la manifestació d’ideals que el Joan fa al final de Lo tres de nou, quan proclama que ell vol participar en un castell imaginari com a
 
Casteller del sant treball

que la pau als pobles dóna;

casteller de les ideies

que el Progrés a l’home porten;

casteller d’aquell castell

que sense agulles ni crosses

formarà la Humanitat

temps a venir i amb gent nova,

borrant fronteres i races,

juntant en u tots los pobles,

i posant-hi d’enxaneta,

damunt d’ell, los drets de l’home.
 
Bé podríem pensar que el Joan dels nostres dies i la “gent nova” que ens anuncia, per complir aquests ideals (i d’altres), ara farien castells amb “agulles i crosses”, i el granet de sorra per aconseguir aquests anhels, ves qui ho havia de dir al Joan de fa cent anys, el posarien justament participant en una colla castellera.
 
Moltes gràcies.  

Biel Senabre Via

L’Agrícol

26 de febrer de 2015"

dimarts, 1 de juliol de 2014

Siguiendo la huella de Elias Canetti en Bulgaria

                  Instituto técnico Elias Canetti de Ruse (Bulgaria).
 
[Si cliques aquí pots llegir aquesta entrada en català]

La primera vez que oí hablar del escritor Elias Canetti (1905-1994) fue el 5 de julio de 1985, cuando Jürg Wagner, vicerrector del Realgymnasium Rämibühl de Zúrich, me regaló el libro Die gerettete Zunge. Geschichte einer Jugend (Fischer Taschenbuch Verlag, marzo 1984) de Elias Canetti, con la siguiente dedicatoria, escrita en un castellano correctísimo: “Para Xavier Brotons, con los mejores saludos y en memoria de un año en la famosa escuela Rämibühl en Zúrich.”
 
Resulta que aquel curso académico 1984-1985 quien esto firma lo había cursado en ese instituto de la ciudad de Zúrich, en el marco de una experiencia de convivencia con una familia autóctona (en el pueblecito de Mettmenstetten, en el cantón de Zúrich). Pues bien, en la comida de despedida a la que me invitó el simpático directivo del Realgymnasium este me explicó que Elias Canetti, galardonado con el Premio Nobel de Literatura sólo cuatro años antes –en 1981—, había estudiado de joven en esa escuela.
 
Leí el libro primero en su versión original y, más tarde, en la traducción castellana (La lengua salvada, volumen II de las obras completas de Elias Canetti, Galaxia Gutenberg-Círculo de Lectores, Barcelona 2003, traducción de Genoveva Dieterich). 

‘La lengua salvada’
Este primer volumen de la autobiografía de Canetti narra los dieciséis primeros años de su vida (1905-1921) y fue fundamental para que le concedieran el Premio Nobel. Además, el escritor concibió este libro como regalo para su hermano pequeño, Georges Canetti (1911-1971), que estaba enfermo, con la esperanza de que la lectura de sus memorias pudiese aliviar su enfermedad, aunque Elias Canetti llegó tarde, ya que su hermano murió en 1971 y el libro no se publicó hasta 1977. 
Leyendo La lengua salvada, pues, supe que Elias Canetti había nacido en 1905 en Rustschuk (actualmente Ruse), en Bulgaria, en el seno de una familia de comerciantes judíos sefardíes (es decir, descendientes de los judíos expulsados de la Península Ibérica en el siglo XV). Este primer volumen de la autobiografía de Canetti es muy ‘lingüístico’, como en cierta ocasión me hizo ver mi buen amigo Eduardo. No en vano, el escritor cuenta que su lengua materna fue precisamente el sefardí o judeoespañol (también conocido como ladino o judesmo), o sea, el castellano hablado por los descendientes de los judíos expulsados de la Península, una lengua que la comunidad sefardí conservó plenamente durante siglos después de la expulsión, aunque hoy en día se halle inmersa en un proceso de substitución lingüística muy avanzado (Schmid 2007: p. 9-33.)

Ahora bien, especialmente en sus primeros años de vida, Canetti estuvo expuesto al multilingüismo, empezando por el de su ciudad natal, como él mismo cuenta en La lengua salvada (a partir de ahora, citaré siempre por la edición de Círculo de Lectores): “Rustschuk, en el curso bajo del Danubio, donde vine al mundo, era una ciudad maravillosa para un niño, y si digo que se hallaba en Bulgaria doy una idea insuficiente de ella, ya que allí vivían gentes del más variado origen, en un día se podían oír siete u ocho lenguas diferentes. Además de los búlgaros, que a menudo procedían del campo, había muchos turcos, que habitaban en su propio barrio, y lindando con este se hallaba el barrio de los sefardíes, el nuestro. Había griegos, albaneses, armenios, gitanos. De la orilla opuesta del Danubio venían rumanos” (p. 8).
Y más adelante también afirma lo siguiente: “[En Rustschuk] se hablaba a menudo de lenguas, solo en nuestra ciudad se hablaban siete u ocho diferentes, todos entendían algo de cada una, únicamente las chicas búlgaras que venían de los pueblos sabían solo búlgaro y por eso se las tenía por ignorantes. Todos enumeraban las lenguas que conocían, era importante dominar muchas, gracias a su conocimiento podía uno salvar la vida o salvársela a otro” (p. 39).

Por otra parte, el mismo título de este primer volumen de su autobiografía, La lengua salvada, revela la importancia que la expresión lingüística tuvo en la vida de Elias Canetti. Y es que el título del libro hace referencia a una anécdota con la que el escritor comienza su relato y que confiesa que es su primer recuerdo vital: cómo el amante de su niñera, cuando Canetti apenas tenía dos años, lo ‘amenazaba’ con cortarle la lengua para que no explicara los encuentros secretos con su amada, amenaza que, lógicamente, nunca cumplió (de ahí la “lengua salvada”).
Por lo tanto, Elias Canetti vivió los primeros seis años de su vida en Rustschuk, una ciudad que hasta la proclamación de la independencia de Bulgaria (1878) había pertenecido al Imperio Otomano; una ciudad, además, que era un importante puerto fluvial a la orilla del Danubio, que en ese tramo hace de frontera natural entre Bulgaria y Rumania. De hecho, cuando se proclamó la independencia del país balcánico, Rustschuk era la ciudad más grande (11.300 habitantes), rica y activa económicamente de Bulgaria (Trankova 2001: p. 87).

En este primer período de su existencia, la lengua familiar de Canetti (aquella con la que se relacionaba con sus padres, sus abuelos paternos y maternos y sus otros parientes) era el judeoespañol, a pesar de que sus padres solían hablar entre ellos en alemán (Su matrimonio se había realizado esencialmente en ese idioma [...]”, p. 99), ya que los dos habían estudiado de jóvenes en un internado en Viena, ciudad que era un punto de referencia importante para la comunidad sefardí de Ruse y a la que se desplazaban navegando por el Danubio en un trayecto que duraba cuatro días (Rustschuk llegó a ser conocida como la “pequeña Viena”).

Posteriormente, en 1911, la familia del escritor se trasladó a Manchester por el negocio de su padre, quien poco después murió allí de un infarto. En cuanto a la lengua familiar, en esta corta estancia en Inglaterra ya se produjo un cambio importante en la biografía lingüística de Canetti: “Con nosotros, los niños, [mi padre] empezó a hablar siempre en inglés, y el español, que hasta entonces había sido mi lengua, pasó a un segundo plano y ya solo se lo escuchaba a otros parientes, especialmente a los mayores” (p. 56). (Este último comentario del escritor es harto interesante, pues demuestra que ya a principios del siglo XX el proceso de substitución lingüística del judeoespañol afectaba ya a las generaciones más jóvenes.)

                                         Elias Canetti.
Después de la trágica muerte de su marido, en 1913, la madre de Canetti, viuda, decide irse a vivir a Viena con sus dos hijos y enseñarle el alemán al primogénito. A partir de este momento, el alemán se convertirá en la primera lengua de Canetti, en la que escribió todas sus obras. Todo ello lo cuenta el propio Canetti: “Mis padres hablaban entre sí alemán cuando querían que no les entendiera. Con nosotros, los niños, y con todos los familiares y amigos hablaban español. Esta era la lengua habitual, un español arcaico, desde luego, que más tarde seguí oyendo y nunca he olvidado. Las muchachas campesinas de casa solo hablaban búlgaro, y sin duda yo lo aprendí principalmente con ellas. Pero como nunca fui a una escuela búlgara y abandoné Rustschuk a los seis años, muy pronto lo olvidé por completo. Todos los hechos de esos primeros años se producían en español o en búlgaro. Más tarde se me tradujeron en gran parte al alemán. Solo sucesos especialmente dramáticos, como un asesinato o un crimen, y los terrores más extremos se me han quedado grabados textualmente en español, muy precisos e indelebles. Todo lo demás, es decir, la mayor parte, y especialmente todo lo búlgaro, como los cuentos, lo llevo en la cabeza en alemán” (p. 16).
Sin embargo, la adquisición del alemán por parte de Elias Canetti comenzó siendo traumática. El propio escritor explica cómo, antes de instalarse en Viena, su madre decidió pasar los tres meses de las vacaciones de verano en Lausana (Suiza). Ahí fue donde empezó a enseñarle el alemán a su hijo con la idea de que pudiera iniciar el curso escolar en Austria con buenos conocimientos de este idioma. Sin embargo, el aprendizaje fue duro, y Canetti temía las reprimendas, el sarcasmo y la burla de su madre cada vez que se equivocaba: “Mi madre empezó a hablar conmigo en alemán, también al margen de las clases [...] Por eso me obligó a hacer en tan poco tiempo un esfuerzo que estaba por encima de las capacidades de cualquier niño” (p. 98-99). Sin embargo, finalmente,“[...] poco después se inició un período de felicidad que me ligó indisolublemente a esta lengua” (p. 99).

De suerte que, como escribe el propio Canetti, desde aquel instante el alemán se convirtió en su lengua: “[...] está claro que en Lausana, donde oía hablar francés a mi alrededor, idioma que aprendí de paso y sin complicaciones dramáticas, renací a la lengua alemana bajo los auspicios de mi madre, y entre los dolores de este parto nació una pasión que me unió a las dos, a esta lengua y a mi madre. Sin ellos, que en el fondo era una y la misma cosa, el curso posterior de mi vida sería absurdo e incomprensible” (p. 103-104).

Después de dos años de estancia en la capital de Austria, en 1916 la madre de Canetti se traslada con sus hijos a Zúrich, ciudad en la que residirá la familia hasta 1921 (momento en el que acaba esta primera entrega de las memorias del escritor) y donde asistirá al Realgymnasium Rämibühl, la escuela donde yo estudié en el curso 1984-85.
 
Visitando Rustschuk/Ruse

En el verano de 2012 Elena y yo decidimos visitar Bulgaria, en los Balcanes, una zona que hasta los años 20 del siglo pasado había estado bajo el dominio bien del Imperio Otomano bien del Imperio Austrohúngaro, dos entidades políticas que albergaban en sus límites territoriales pueblos muy distintos entre sí en cuanto a lengua, religión y etnia.

En nuestro viaje decidimos visitar la capital, Sofía, y una ciudad, Veliko Târnovo, que todas las guías recomendaban, que además la definían ampulosamente como “la reserva espiritual de Bulgaria”. Finalmente,  añadimos a nuestra ruta Ruse, la antigua Rustschuk natal de Elias Canetti, con la esperanza de hallar alguna huella de la presencia del ilustre escritor búlgaro sefardí en lengua alemana.

Sin embargo, para empezar, lamentablemente, la guía de Bulgaria de El País-Aguilar no decía absolutamente nada acerca de Canetti en las dos páginas dedicadas a Ruse, lo cual nos hizo temer que entre los actuales habitantes de la ciudad la memoria de tan ilustre conciudadano hubiera caído en el olvido.

No obstante, nuestro estado de ánimo cambió radicalmente la mañana que visitamos la preciosa e imponente Sinagoga Central de Sofía, la sinagoga sefardí más grande de Europa. Pues bien, a la salida dimos de casualidad con una librería, donde descubrimos –y compramos— el libro A guide to Jewish Bulgaria (de Dimana Trankova y Anthony Georgieff), que nos proporcionó una información muy interesante y de gran valor sobre la comunidad judía de Bulgaria.

Así pues, en el apartado dedicado a Ruse encontramos todos los datos sobre Elias Canetti de que carecían las guías turísticas convencionales. Respecto a la antigua Rustschuk, el libro nos informa de que la ciudad fue antaño conocida como “la pequeña Viena”, ya que en ella vivía la comunidad judía más próspera y más europeizada de toda Bulgaria. Así, tal y como Canetti explica en su biografía, Viena era la ciudad donde iban a estudiar los hijos de los ricos comerciantes judíos de Ruse, mientras que muchos otros también se dirigían allí si tenían que visitar a algún médico especialista.
Los judíos que se establecieron en Rustschuk –muy mayoritariamente sefardíes— llegaron hacia 1780, principalmente en dos grupos: uno procedente de Adrianópolis (la actual ciudad turca de Edirne, en Tracia) y otro de Belgrado y Niš (Serbia), tres ciudades que entonces formaban parte del Imperio Otomano. De hecho, Canetti nos cuenta que sus abuelos paternos, los Canetti, procedían de Adrianópolis (así llamada por su fundador, el emperador romano Adriano) y tenían la nacionalidad turca. En cuanto a la familia de la madre de Elias Canetti, los Arditti, también sefardíes, estos procedían de Livorno, en Italia (donde habían vivido en el siglo XVI), y eran una de las familias más ricas e influyentes de Rustschuk. De hecho, cuando se fundó el Estado de Israel (1948), uno de los miembros de la familia, Benjamin Arditti, llegó a ser diputado de la Knesset y escribió muchos libros sobre el ladino y la historia de los judíos de Bulgaria. 

No obstante, a pesar del aspecto europeo de Rustschuk en comparación con otras ciudades búlgaras importantes, lo cierto es que en varias partes de su autobiografía Canetti recuerda que todo el país era considerado demasiado oriental por una parte de la comunidad sefardí, que anhelaba vivir en Europa: “El resto del mundo se llamaba allí [en Rustschuk] Europa, y cuando alguien viajaba Danubio arriba rumbo a Viena se decía que iba a Europa, Europa empezaba allí donde el imperio otomano terminaba antaño” (p. 9). 

Sea como fuere, uno de los destinos principales de los judíos expulsados en 1492 fue el Imperio Otomano, que los acogió con los brazos abiertos porque eran buenos comerciantes, lo que explica que en los Balcanes hubiera dos ciudades con una muy fuerte implantación de la comunidad sefardí: Estambul y Salónica. (Respecto a la ciudad griega, Primo Levi, en Se questo è un uomo, proporciona dos testimonios de que los judíos de Salónica –que controlaban el mercado negro del campo de concentración donde estuvo preso el escritor italiano durante la Segunda Guerra Mundial— hablaban judeoespañol: “Questi pochi superstiti della colonia ebraica di Salonicco, dal duplice linguaggio, spagnolo ed ellenico [...] sono i depositari di una concreta, terrena, consapevole saggezza [...]” (p. 72); “Il quinto giorno venne il barbiere. Era un greco di Salonicco; parlava solo il bello spagnolo della sua gente [...]” (p. 135). 

Sefardíes y asquenazíes en Rustschuk
En Rustschuk, los judíos pertenecían a dos grupos diferenciados entre sí: los sefardíes (mayoritarios) y los asquenazíes (judíos originarios de Europa Central y Europa del Este (minoritarios)), que además vivían separados. El barrio de los sefardíes, tal como explica Canetti, se hallaba al lado del de los turcos, entre las actuales calles de Borisova, Diecinueve de Febrero, Neofit Bozveli y Slavyanska, y destacaba por sus elegantes edificios adornados (que albergaban los negocios o las viviendas de los ricos comerciantes judíos), que imitaban la arquitectura vienesa (concretamente, el estilo modernista Sezession), una parte de cuyo esplendor todavía es visible hoy en día, o por lo menos imaginable, bajo la decadencia de sus fachadas desconchadas y sus balcones medio derruidos. También la calle de Aleksandrovska alberga las espléndidas casas de los judíos de Rustschuk, en diversos grados de conservación.
Por otro lado, el barrio sefardí, además, contaba con una sinagoga, sita en el número 8 de la calle Aksakov. En los años noventa del siglo XX, la vieja sinagoga de los judeoespañoles fue vendida a la americana Iglesia de Dios de la Profecía. Se ha conservado parte de su interior, pero la enorme estrella de David tallada en madera de la cúpula ha sido tapada, mientras que por doquier hay escritos que refieren la “proeza” de haber convertido una “sinagoga judía” en un “templo cristiano” (Trankova 2001: 89).
Según cuenta Canetti en varios pasajes de su autobiografía, los judíos sefarditas estaban convencidos de su superioridad respecto a los asquenazíes, supremacía que, debido a su origen español, exhibían orgullosamente llamando a estos últimos despectivamente todescos: “[Los sefarditas] eran judíos creyentes, para los que su comunidad religiosa significaba mucho y constituía, sin exagerar, el centro de sus vidas. Pero se creían judíos de un tipo especial, y eso tenía que ver con su tradición española [...] Con superioridad ingenua se menospreciaba a otros judíos, una palabra que siempre estaba cargada de desprecio era todesco, referido a un judío alemán o askenasi. Hubiera sido impensable casarse con una todesca [...]” (p. 9-10). 

Ruse y la huella de Canetti

Pero regresemos a Ruse. Debo decir que, de entrada, la ciudad me decepcionó un poco: habiéndonos apeado del tren que nos había conducido desde Veliko Târnovo y de camino hacia el centro de la ciudad, Ruse se me apareció menos europea de lo que me había imaginado por mis lecturas. 

Menos mal que a mitad de camino, una visión inesperada me hizo recuperar la alegría: a la izquierda, en una inscripción que había en la pared, reconocí el rostro de nuestro escritor, debajo del cual estaban escritas unas siglas y la leyenda “Elias Canetti (1905-1994)”, todo en cirílico. ¡Se trataba de un instituto técnico de la ciudad que llevaba el nombre de su ilustre hijo!
 
Después, siguiendo las indicaciones de la guía en inglés sobre la comunidad judía de Bulgaria, visitamos todos los vestigios urbanos relacionados con Canetti. En pleno barrio antiguo sefardí, fuimos hasta la casa que había sido la tienda de venta de alimentos al por mayor del abuelo del escritor, el abuelo Canetti de Adrianópolis, descrita en La lengua salvada (calle Slavyanska, 12). En la fachada, una placa recuerda el interés arquitectónico del edificio; la casa estaba cerrada, pero posteriormente averiguamos que es conocida como Casa Canetti y que se trata de un centro patrocinado por la Sociedad Internacional Elias Canetti, con sede en Ruse. 

  Inscripción en la fachada de la Casa Canetti de Ruse (Bulgaria).
Muy cerca de allí está la plaza que lleva el nombre del escritor. Sin embargo, la primera impresión fue decepcionante: más que de una plaza convencional, más bien se trata de una calle que se ensancha en aquel punto. El sitio es feo, y el monumento dedicado al escritor, aparte de ser pequeño y estar oxidado, comparte el espacio con una señal de tráfico y está al lado de un bar de estética horrible llamado “Las Vegas”. Al menos, en el monumento están inscritas, en búlgaro, unas palabras  que el escritor dedica a su ciudad natal en La lengua salvada: “Todo lo que he vivido más tarde ya había sucedido una vez en Rustschuk” (p. 9).
Ahora bien, sin lugar a dudas la visita más emotiva fue la que hicimos a la casa natal de nuestro escritor, en el número 13 de la calle del General Gurko. La casa –advertía A guide to Jewish Bulgaria— está actualmente deshabitada y en estado ruinoso, aunque vimos, con evidente alegría, que se han iniciado unos trabajos de restauración. En cualquier caso, no hay ni una triste indicación de que se trata de la casa donde nació el único premio Nobel de Bulgaria. Una vez delante, por unos momentos imaginamos los episodios de la infancia de Canetti en aquella casa descritos en su autobiografía, algunos de los cuales leímos en voz alta en castellano y en alemán, como homenaje al escritor y a dos de sus lenguas. 

La anécdota del viaje ocurrió precisamente cuando estábamos delante de la casa de Canetti: un señor de unos sesenta años que estaba en la acera de enfrente observó que nos interesábamos especialmente por la casa y nos llamó: “Hallo!” Nos acercamos a él y nos preguntó: “Sprechen Sie Deutsch?” “Ja!”, le respondimos. Nos contó que era el capitán de un barco búlgaro que hacía la ruta del Danubio, razón por la cual chapurreaba el alemán. Después de decirnos que aquella era la casa de “Canetti als klein [sic]”, cuando se enteró de que éramos “de Barcelona” nos pidió encarecidamente que lo siguiésemos hasta la casa de un vecino suyo, a pocos metros de donde nos encontrábamos: resultó que en dicha vivienda estaba de vacaciones la hija del propietario –Rodi, búlgara—, que vive en Barcelona desde hace once años. Nos invitaron a tomar una cerveza y estuvimos charlando un buen rato, en castellano (Rodi), en búlgaro (su padre) y en un catalán perfecto (Nikol, la hija de diez años de Rodi), en una suerte de involuntario pero precioso homenaje multilingüe al escritor políglota. El padre de Rodi sabía que Canetti había nacido en la calle del General Gurko, y nos comentó que la casa donde nos encontrábamos se la había comprado precisamente a un judío (estábamos en el antiguo barrio sefardí). A nuestras preguntas, también nos aseguró que en Ruse ya no quedaba ningún descendiente de los Canetti. 
 
Casa natal de Elias Canetti en la calle del General Gurko de Ruse (Bulgaria).

Olvido y memoria
Al día siguiente de nuestro hallazgo de las huellas de Elias Canetti en su Bulgaria natal, de vuelta ya en Sofía visitamos el Museo Nacional de Historia, a las afueras de la capital. El edificio es un antiguo y lujoso palacio del Partido Comunista de Bulgaria –recuperado como museo después del desmantelamiento del sistema socialista—, en cuyas salas se explican al visitante de manera muy didáctica las distintas etapas de la historia del país. Sin embargo, cuando hubimos terminado nuestra visita, pude comprobar que en ningún lugar del museo se hace una sola referencia a todas las minorías étnicas, religiosas y lingüísticas que, durante varios siglos, también han contribuido a forjar la historia de la actual República de Bulgaria: las minorías turca, gitana, musulmana y judía, entre otras. Lo cual no es extraño si consideramos que a la largo del tiempo algunas de estas minorías han sido acosadas en su propio país. Es el caso de los turcos, a muchos de los cuales, tras la caída del Muro de Berlín, se les obligó a bulgarizar –que no vulgarizar— su apellido y se les prohibió usar su lengua en público. Y es también el caso, inevitablemente, de la minoría judía, estigmatizada durante la Edad Media y perseguida y negada durante la Segunda Guerra Mundial, primero, y durante el período comunista, posteriormente (de hecho, tras la creación de Israel, en 1948, muchos judíos búlgaros huyeron de su país y emigraron al nuevo Estado judío).
Entonces recordé el caso del antiguo cementerio judío de Ruse, del que actualmente no queda casi ni rastro. En efecto, este cementerio tenía unas 2.800 tumbas, que, a pesar de su condición de monumento de significación cultural nacional, fueron todas literalmente destruidas y arrojadas a la orilla del Danubio. Semejante crimen lo cometieron las autoridades búlgaras en los años setenta del siglo XX cuando previeron allí la construcción de un megalómano panteón –hoy en día visitable— en homenaje a los héroes de la independencia de Bulgaria.

Por cierto, la única referencia a los judíos de Bulgaria presente en el Museo Nacional de Historia es su supuestamente heroica salvación llevada a cabo por el rey Boris III durante la Segunda Guerra Mundial. De hecho, la versión oficial (que los búlgaros actuales explican orgullosamente) reza que el monarca búlgaro salvó a 48.000 compatriotas suyos de ir a los campos de exterminio nazis. Sin embargo, el espléndido libro de Trankova y Georgieff nos informa de que las cosas no fueron en verdad ni tan bonitas ni tan sencillas. 

Para empezar, se sabe a ciencia cierta que en marzo de 1943 más de 11.000 judíos de los territorios de la actual República de Macedonia y de Tracia (en aquel tiempo administrativamente dependientes de Bulgaria) fueron deportados a los campos de Treblinka y Auschwitz, donde la mayoría murió. 

Por otra parte, también parece fuera de duda que hubo dos sectores de la población búlgara que defendieron inequívocamente a sus conciudadanos judíos: por un lado,  el parlamentario Dimitar Peshev, que organizó un movimiento popular de protesta, y por otro, los dirigentes de la Iglesia Ortodoxa.  

Sea como fuere, durante los primeros años de la Segunda Guerra Mundial, cuando Bulgaria se unió a las potencias del Eje, los planes del rey y del gobierno búlgaro eran ejecutar también en su país la tristemente famosa Solución final de los nazis. No obstante, varias casualidades y la asunción por parte de Bulgaria de la causa de los aliados hacia el final de la guerra evitaron, efectivamente, la deportación de unos 44.000 judíos búlgaros. 

Hoy en día, la minoría judía de Bulgaria, mayoritariamente concentrada en Sofía, intenta vivir con normalidad en su país, a pesar que de vez en cuando sufre todavía alguna muestra de antisemitismo (saqueo de la Sinagoga Central de Sofía, ataques vandálicos a cementerios, discurso antisemita de partidos populistas…). 

En todo caso, para el viajero que visita el país en busca de las huellas judías, la tarea no es fácil, como pudimos comprobar nosotros mismos con Elias Canetti en Ruse. Y es que como dice el libro de Trankova y Georgieff (p. 9; la traducción es mía): “Muchos de los monumentos descritos en este libro son difíciles de encontrar y están en diferentes estados de deterioro. Salvo que un viajero sepa exactamente adónde va y qué busca, le pueden pasar fácilmente inadvertidos. Pero una vez los haya descubierto, nos abrirán puertas hacia una fascinante –aunque muy olvidada— parte del patrimonio judío de Europa.” 

Para terminar, volvamos a Canetti: después de la visita a su ciudad de nacimiento, uno se pregunta hasta qué punto los habitantes de la actual Ruse –y los búlgaros en general— conocen y valoran la vida y la obra de su único premio Nobel, y, en cualquier caso, hasta qué punto puede influir en ello el hecho de que no escribiese en búlgaro –sino en alemán— y que fuese judío.
Por si acaso, nosotros, justo delante de la casa que lo vio nacer, con ingenua emoción, quisimos rendir nuestro humilde homenaje a este gran escritor europeo del siglo XX leyendo algunos fragmentos de su preciosa autobiografía: “Difícilmente lograré dar una idea del colorido de estos primeros años en Rustschuk, de sus pasiones y miedos. Todo lo que he vivido más tarde ya había sucedido una vez en Rustschuk.” 
 
Monumento a Elias Canetti en la plaza que lleva su nombre en Ruse (Bulgaria).

BIBILOGRAFÍA CITADA

·        LEVI, Primo (2003): Se questo è un uomo. La tregua. Torino: Einaudi Tascabili [1ª edición: 1947].

·         SCHMID, Beatrice (2007): “De Salónica a Ladinokomunita. El judeoespañol desde los umbrales del siglo XX hasta la Actualidad”, en Germà Colón y Lluís Gimeno (eds.) (2007): Ecologia i desaparició de llengües. Castelló de la Plana: Universitat Jaume I.

·         TRANKOVA,  Dimana y Anthony Georgieff (2001): A guide to Jewish Bulgaria.  Vagabond Media.